martes, 16 de abril de 2013

Del lado de acá



Si antes era dar la teta cada dos o tres horas sin parar el sesgo agotador de la feliz maternidad, ahora se trata de llevar y pasar a buscar a las nenas de sus actividades diversas. Enumero sin exagerar: pintura, música, danza, acrobacia, francés. Además del IVA (Instituto vocacional de arte) al que por suerte la ayuda de una combi suple algunos días mi tarea de remisera.
Entonces cada tarde, un poco antes de la merienda o minutos después, tenemos que salir de casa para ir a un taller, instituto o escuela de algo. Sólo una vez coinciden las dos en el horario y en el lugar (el bingo de los viernes). El resto de los días, es un puro acompañar de una a la otra, las tres en colectivo, caminando, en taxi o en auto, casi siempre a contrareloj, con merienda por el camino a veces, con lluvia o con sueño: las condiciones no importan, seguimos el cronograma de cada día. Sin pensar. Y sin parar.
Ellas van y vienen entusiasmadas, embriagadas también con cada una de las clases. Son participativas, activas, curiosas y aplicadas. Aprenden, disfrutan, se cansan. Cada una de las propuestas las transporta a un mundo fascinante, porque cada una de las disciplinas es, sin duda, una apertura vital a un mundo interesante, atractivo, donde siempre hay más y más para aprender, para crear, para investigar.
Para mí es igual: casi todo me fascina y me parece interesante, atractivo por demás. Además del trabajo, quiero hacer taller de escritura y de periodismo, de teatro para despuntar el vicio, y un poco de gimnasia rítmica. Y el taller de armado artesanal de libros. Y también hay un curso breve de cine clásico que me tienta. Pero ocurre que no puedo, que mi agenda es un trabado, porque tengo todas las tardes abocadas a dar la teta: la teta que lleva de casa al taller de música, y mañana a francés, y pasado a acrobacia, y ¿a dónde vamos ahora?
La teta – las dos tetas – se dedican los miércoles, por ejemplo, a dejar a una nena a diez minutos de haber dejado a la otra, para después pasar de vuelta y desandar el esquema - buscar a las mismas nenas en sentido contrario- y volver a casa. Que ya no es la misma casa: es la casa del agotamiento del atardecer. De las ganas de hacer poco y nada, apenas las tareas obligadas del fin del día: bañarse, comer, y dormir por favor. Porque al otro día hay que salir de nuevo con la teta: la teta que gira por la ciudad, por el barrio y aledaños, conectando una práctica artística con otra, al servicio de un proyecto de niñez híper estimulada, sobrepasada de información y saberes no formales, entrenada para terrenos tan diversos que se torna definitivamente tirana y agotadora.    

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